miércoles, 3 de noviembre de 2010

La pronta salida del nido de Stelaluna

Era un domingo de Agosto. Adri y yo ibamos en busca de comida para un gato que había por Gumiel de Izán (Burgos). Aparentemente lo habían abandonado. Afortunadamente, tras hablar con las protectoras de la zona, apareció su dueño y se lo llevó. Bueno, nos situamos en la C/ Real, en Gumiel de Izán, en busca de comida para el gato. De repente, en una puerta de madera vieja y carcomida, en una esquinita vimos una cría de avión común que se había caído del nido. Era casi imposible lanzarla a algún sitio donde pudieramos recuperarla en caso de que sus padres no la aceptaran de nuevo. Ya que estos animales anidan en los los tejados (muy similar a la manera en la que anidan las golondrinas) la colocamos en una ventana, por si acaso bajaban a por ella; pero claro, en una calle tan estrecha con gente pasando y además en una ventana, los padres ni se acercaron. Así que tomé la difícil decisión de tener que llevármela, sabiendo que tendría que cuidarla durante cuatro días. Al no tener coche no podía llevarla a ningún centro de acogida de aves y mi padre no se iba a gastar la gasolina en acompañarme. Así que, aun sabiendo lo difícil que es criar un animal tan pequeño, me lo llevé. Al coger a la cría, Adri me dijo que se llamaría Stelaluna (como el cuento infantil en el que un buho ataca a una hembra de murciélago y la cría que llevaba cae en un nido de pájaros). Fui a casa la dejé al cuidado de mi madre y de Adri y me fui al contenedor de reciclaje de papeles en busca de una caja. Cogí la caja y la llené de papel de periódico. Me dispuse a darla de comer, porque llevaría sin comer ni se sabe el tiempo. Los aviones comunes son insectívoros, pero no tenía insectos a mano, así que, usando la lógica, pensé que como los insectos principalmente contienen proteínas, como primera comida le daría soja texturizada y remojada. Y así fue. Luego, por la tarde nos acercamos a Aranda de Duero para hacer la compra y aproveché para hacerme con comida para Stelaluna y otros materiales para mantenerla mejor. En la farmacia compré una jeringuilla de insulina para alimentarla y una bolsa de agua (mejor hubiera sido una manta eléctrica, pero en ese momento no pudo ser).

Al volver a la casa del pueblo, calenté agua para llenar la bolsa y mantener caliente a Stelaluna, y le preparé algo de comer más acorde con sus gustos insectívoros. Así pasamos cuatro días, ayudándome Adrián a dar de comer a Stelaluna apretando el émbolo de la jeringuilla, que previamente le había metido yo en la boca a Stelaluna. Lo hacía muy delicadamente y con mucho cuidado. La verdad es que tuve miedo de que Stelaluna muriera pero, cada día que la veía viva, para Adri y para mí era una alegría. Por fín pasaron los cuatro días y pudimos llegar a Madrid. Al hablar con Brinzal nos dijeron que no había problema aunque Stelaluna no fuera de Madrid y que la podíamos llevar igualmente. Así que, como era hora de comer, comimos y la llevamos a Brinzal. Como siempre, nos dieron el papel con su número de historia y con la especie. Así pudimos llamar para interesarnos por su evolución.

Llamé un mes después y me confirmaron que Stelaluna había crecido y que la habían liberado con el resto de los aviones comunes.

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