viernes, 3 de febrero de 2012

Carencias nutricionales y apego hacia los alimentos

artículo publicado en la revista Vegetus nº 18 de diciembre de 2011:

¿No os ha pasado alguna vez que querer seguir una dieta no habéis sido capaces porque os entra la ansiedad? En concreto me quiero centrar en analizar las dietas vegetarianas, pero esto se puede extrapolar a cualquier tipo de dieta.

¿Quién no ha oído, por ejemplo, sobre el caso de un vegano que de repente se lanza incontroladamente a por los huevos, o cualquier tipo de vegetariano sobre los embutidos?

Alguno pensará: “Yo no lo haría, estoy muy convencido de mis creencias”. Si nunca te has visto en una situación así, te felicito, pero quiero ver yo a esa misma persona con un ataque de ansiedad que no le permite pensar con lógica, o con niveles bajos de algún nutriente (vitaminas, minerales…) y especialmente por esto segundo, llegándose a cuestionar si la dieta que lleva es buena o no. La dieta puede ser fantástica, pero hay otros factores que pueden causar carencias por mala absorción (intolerancias alimentarias…), aparte de que pueda haber algún novato que, por muy convencido que esté, no sepa muy bien por dónde moverse.

De todas maneras, si existe una carencia tan grande que tu salud se ve comprometida, aunque no haya apego hacia ningún alimento, tu cuerpo se lanza a por lo que tiene grabado en el inconsciente como fuente fiable del nutriente que le falta. Por cierto, la ansiedad que puede llegar a provocar esto es realmente indescriptible y llega un momento que no sabes qué es lo que llega primero, si la ansiedad por el alimento o la ansiedad que te da el lanzarte a por él como si fuera el único alimento que existe en el mundo, sabiendo que no lo elegirías en un momento de calma, pensándolo bien y conociendo las implicaciones éticas que puede tener.

Los motivos para tener una ansiedad tan grande hacia distintos alimentos que no desean comerse pueden ser los siguientes:

- Una carencia importante de un nutriente.
- Un ataque de ansiedad incontrolable sumada a un apego hacia ciertos alimentos.

Lo primero que hay que hacer cuando se siente deseo y ansiedad por un alimento que no se quiere comer es comprobar si existe alguna carencia alimentaria. En el caso del vegano que se lanza a por los huevos con ansiedad incontrolada, lo más probable es que haya descuidado el consumo de proteínas, tenga una carencia de vitamina D o le falte alguna de las vitaminas B (B12, B6, B8, B9). Si este vegano descubriera que tiene alguna carencia alimentaria debería buscar el alimento que pueda hacerle recuperarse de la carencia y si es una carencia muy grave debe, además, tomar suplementos. El caso de la vitamina D es especialmente sensible, debido a que los únicos alimentos que pueden contener vitamina D2 son las setas y champiñones (la seta shiitake es la que más contiene), pero aun así es una parte muy ínfima de la necesaria. Para conseguir toda la vitamina D necesaria sólo con la alimentación habría que comerse un salmón entero (si no se es vegetariano) o la misma cantidad de setas o huevos (si no eres vegano). Eso es una salvajada. Por tanto, hay que tomar el sol y que suplementarse obligatoriamente. Aquí viene el problema: Si es una deficiencia leve, hay marcas de suplementos multivitamínicos en pastilas que incorporan D2, pero si es una carencia grave, conviene tomar la vitamina D líquida (en algún tipo de aceite) y en cantidades que pueden llegar a ser cinco veces la dosis habitual. Y eso en este país, vegano no se encuentra. Hay que optar por buscar lo más vegano o vegetariano posible (hay marcas que venden vitamina D3 con aceite de oliva o aceite de maíz), según el caso, ya que la opción más fácil es ir a por aceite de hígado de bacalao, pero ésta no parece una opción muy ética. Un vegano tendría que buscar en el extranjero y esperar que en la aduana no impidan su entrega al destinatario y no devuelvan el producto a su país de origen… Conozcco algunos casos en los que no han permitido pasar vitamina D2 líquida de, por ejemplo, EE.UU o Reino Unido.

Si tras suplementar se comprueba que no hay manera de elevar el nutriente que presenta una carencia, es posible que no se trate de un descuido de la alimentación, sino de una intolerancia alimentaria (celiaquía, por ejemplo) o un problema del sistema endocrino (diabetes, por ejemplo), por lo que se debería seguir buscando el problema que causa la deficiencia alimentaria.

Si simplemente se siente ansiedad y ganas de comer un alimento concreto y se ha comprobado que no existe ninguna carencia nutricional estaríamos hablando solamente de ansiedad y apego hacia el alimento que se desea.

La ansiedad es una respuesta emocional que se presenta en un individuo ante situaciones que percibe o interpreta como amenazantes o peligrosas, aunque en realidad no se pueden valorar como tal. Esta manera de reaccionar de forma no adaptativa hace que la ansiedad sea nociva porque es excesiva y frecuente. La ansiedad excesiva y frecuente se considera un trastorno mental que hay que tratar con ayuda psicológica o psiquátrica.

La ansiedad por ciertos alimentos, siempre y cuando no esté causada por una carencia de nutrientes, se debe al apego a los alimentos. El apego a los alimentos comienza en la infancia, se relaciona con un alimento que se comía en la infancia con un estado de calma, o con algo positivo. Por eso, cuando las personas sentimos ansiedad solemos comer carbohidratos, especialmente los de absorción rápida (azúcar). Porque si os dais cuenta, los dulces se comen por motivos que para la sociedad son alegres (cumpleaños y demás celebraciones) o te los daban de postre a cambio de comerte otra cosa cuando eras pequeño. Está demostrado que los hidratos de carbono elevan los niveles de serotonina al ingerirlos. Mientras más simples sean (azúcar, cereales refinados…) mejor funcionan, y mientras más de ellos comas en estado de ansiedad, mejor te sentirás; por el contrario, una vez llegado al pico más alto, más grande será el bajón al pasarse el efecto.

Los hidratos de carbono no son los únicos alimentos que causan apego. Si cuando eras pequeño tu abuela te daba un bocadillo de jamón para merendar en su casa, y el sabor de éste te gusta, será muy probable que sientas apego por el jamón si recuerdas las visitas a casa de tu abuela como algo bueno y reconfortante, te costará eliminar el jamón de tu dieta. Lo mismo sucede con los demás alimentos de origen animal o con cualquier otro alimento que te guste. Obviamente, si no te gustan las acelgas cocidas, por mucho que lo pasaras bien con tu abuela y te las diera, las acelgas cocidas no van a producirte más que asco.

Sin embargo, hay personas que no tienen preferencia por ningún plato en concreto, y es que la relación que tiene una persona con la comida depende, en parte, de cómo sus padres y cuidadores en la infancia hayan percibido el acto de comer. No es lo mismo vivir la comida como una lucha y chantajear frecuentemente al niño para que coma, por ejemplo, con golosinas, que dar de comer al niño, y si no le gusta lo que le ofreces, darle otra cosa y volver a ofrecerle el alimento que ha rechazado otro día con otra presentación (quizá al niño no le gustan las espinacas cocidas, pero le gustan en crema o en sopa).

El ejemplo de la primera situación puede ser el caso de un niño que se come las acelgas cocidas porque, sino, no le darán helado de postre (el niño desarrollará rechazo a comer el alimento que se le obliga y desarrollará un apego por el alimento o chuchería que se le ofrece después). Ese mismo niño, ya adulto, seguirá teniendo manía a las acelgas y cuando sienta ansiedad se calmará con helado.

El ejemplo de la segunda situación puede ser un niño al que no le gustan las espinacas cocidas, y la persona que está a su cargo, en vez de obligarle a comérselas, le da un alimento que sabe que sí le gusta, sin imponerle ningún castigo. Una semana después le vuelve a ofrecer las espinacas, pero esta vez, en forma de sopa o puré, buscando que el niño elija si lo quiere comer o no, pero sin darle importancia si no lo come. Ese niño no desarrollará una preferencia concreta ni apego por ningún alimento. No tendrá un plato favorito y podrá comer la misma comida hasta que se aburra, incluso, tres días seguidos, pero cuando percibe que su cuerpo no la necesita, deja de comerla, y pueden pasar meses hasta que decida volver a degustarla. Por tanto, para esta persona será más fácil seguir cualquier tipo de dieta que para otra que tenga apego a los alimentos, especialmente si los alimentos a los que tiene apego no están incluidos en la dieta elegida, como hemos visto en el ejemplo de las dietas vegetarianas.

Volviendo al tema de la ansiedad que nos ocupa, viéndote vegetariano y con un ataque de ansiedad que te incita a comer un producto de origen animal que no quieres comer y sabiendo que no tienes ninguna carencia nutricional, lo primero es tratar de dominar la ansiedad (cambiar el pensamiento, respirar hondo…). Si con ello no fuera posible superarla, lo más probable es que en ese momento y sin poder pensarlo acabes comiendo ese alimento y que al comerlo te sientas mejor. Luego, a la larga, el sentimiento de culpabilidad será fuerte. Lo mejor que se puede hacer en el momento, si llegas a comerlo, es tomártelo con calma (la calma llegará inmediatamente cuando lo empieces a ingerir) y mientras lo comes pensar si te compensa hacerlo, si es justo… en definitiva: tratar de resolverte tú mismo todas las dudas que te puedan surgir mientras lo comes. Si decides que no te compensa y que quieres seguir con la dieta vegetariana que llevabas antes de consumirlo, lo mejor es que busques alguien de confianza que no te vaya a juzgar y le cuentes lo sucedido como desahogo. Es difícil encontrarlo, porque si te diriges a una persona que come carne, huevos y/o lácteos (según sea el alimento que hayas ingerido) lo normal es que no te entienda y que te aporte respuestas que no te van a ayudar, y si se lo cuentas a un vegetariano/vegano (dependiendo también del alimento ingerido), lo normal es que te vea como un asesino/ maltratador de animales y le salga la furia, salvo que des con uno muy comprensivo.

Ante una persona con ansiedad que ha comido un alimento no vegetariano/vegano y que, por supuesto, se siente muy culpable, lo peor que se puede hacer es juzgarlo. Eso le llevará repetir su estado de ansiedad y a repetir la acción a que se ha visto forzado por la ansiedad: comer aquel alimento que no quería comer. En vez de ver a esta persona como una mala persona y hacerla sentir como un asesino/maltratador de animales (esta persona ya sentirá así, no hace falta martirizarla más), hay que ver a la persona como alguien que pide ayuda, y a la que hay que ayudar. En ese caso, consolándola y mostrándole apoyo y, por supuesto, recomendarle que busque ayuda psicológica para tratar de resolver el problema de ansiedad que le lleva a comer aquel alimento por el cual siente apego. Los problemas de ansiedad hacia la comida pueden desbocar en trastornos psicoalimentarios que ya no son problemas de fácil solución, sino mucho más graves, que comprometen la salud física (desnutrición más o menos grave o incluso a la muerte) y emocional de la persona.

Antes de comenzar cualquier dieta (de adelgazamiento, vegetariana…) lo ideal es contar con el apoyo de quienes te rodean (en caso de las dietas vegetarianas no siempre es posible), con un dietista o nutricionista y, si hace falta por motivos de ansiedad, con un psicólogo o incluso psiquiatra en casos más graves.

2 comentarios: